Relato del Talmud Yerushalmi sobre dos piadosos
Nuestros maestros —que su memoria sea para bendición— relataron (según el Yerushalmi, final del segundo capítulo de Hagigá) sobre un estudiante que se equivocó en este asunto y por poco se apartaba de la protección de la Presencia Divina (Shejiná), hasta que el Santo, bendito sea Él, le abrió los ojos para revelarle el final del asunto y el sendero de la rectitud.
La historia es así: había dos discípulos sabios y piadosos que dedicaban todos sus días a la oración, al estudio de la Torá y al sustento básico, sin separarse jamás el uno del otro. Un día, uno de ellos falleció y nadie acudió a hacerle duelo, ni a enterrarlo, ni a rendirle los honores que merecía. El motivo fue que ese mismo día murió el hijo del recaudador de impuestos de la ciudad; las tiendas cerraron, los mercados suspendieron sus actividades y toda la población se volcó a enterrar al malvado por temor a su padre. Así, el lecho del piadoso quedó solitario y nadie entró a despedirlo.
Cuando su compañero vio esto, el dolor lo agobió profundamente; se enfureció hasta el punto de desear la muerte, su mente y su juicio se nublaron, cayó en el pánico y fue atormentado por un espíritu maligno, llegando a exclamar: «¡No hay retribución para el hombre por sus obras!». Quedó tan perplejo y confundido que, estando en un sueño, le dijeron: «No te enojes con el juicio de tu Creador ni te asombres de Sus caminos, porque todos se rigen por la justicia y la rectitud. Has de saber que tu compañero el estudiante cometió un pequeño pecado, y su Creador se lo saldó mediante su muerte en este mundo, para que así pueda llegar al mundo venidero completamente puro y libre de toda transgresión, iniquidad o culpa. Por otro lado, el hijo del recaudador de impuestos realizó una sola buena acción (mitzvá), y su recompensa se le pagó por completo en este mundo —todo el esplendor que viste brindado por su padre— con el fin de destruirlo en el mundo venidero; así, marchará desnudo y despojado de todo mérito, condenado por completo a heredar el Guehinom [infierno] por todas las generaciones».
El piadoso preguntó: «Señor mío, ¿cuál fue el pecado de mi compañero y cuál fue la buena acción del hijo del recaudador?». Le respondieron: «En verdad, tu compañero jamás cometió un pecado grave —¡Dios nos libre!—, sino uno menor. ¿Cuál fue? Adelantó la colocación de las filacterias (tefilín), poniéndose primero la de la cabeza y luego la del brazo, algo que no correspondía hacer; esa fue su falta. En cuanto al hijo del recaudador, en toda su vida no hizo más que una sola buena acción, y ni siquiera la planeó, sino que se le presentó la oportunidad, y el Santo, bendito sea Él, no quiso privarlo de su recompensa. Sucedió que el hijo del recaudador organizó un gran banquete, pero los ministros de la corte se negaron a asistir. Entonces dijo: "Ya que no comieron de mi banquete, que vengan los pobres de la ciudad y lo consuman para que no se desperdicie". Los pobres acudieron y comieron. Por esa única razón se le pagó su recompensa en este mundo con todo el honor que presenciaste».
Tiempo después, el piadoso durmió y vio en sueños a su amigo fallecido caminando por vergeles y huertos junto a un río, entre árboles frutales y nardos. En contraste, vio al hijo del recaudador en un estado deplorable, con el aspecto alterado, deambulando sediento en busca de agua sin hallarla. Al despertar, el piadoso sintió que su corazón se llenaba de alegría y esplendor; el espíritu maligno lo abandonó, y el pesar y los suspiros huyeron de él.
Es tal como declaró la gran luminaria, nuestro maestro Moisés —sobre él la paz—: «La Roca, perfecta es su obra», pasaje que nuestros sabios interpretaron en relación con este mismo tema al citar: «Dios de fidelidad y sin iniquidad». Así como el Santo, bendito sea Él, no le niega al justo ni siquiera la recompensa por una acción menor en este mundo para acumularle méritos en la vida eterna, de igual forma le retribuye al malvado el poco bien que haya hecho en este mundo —por insignificante que sea— con el único fin de cobrarle la cuenta en el Guehinom y dejarlo desprovisto de todo favor, provocando su ruina espiritual para el mundo venidero. Esto es precisamente «Dios de fidelidad y sin iniquidad»: de la misma manera que no castiga al malvado en este mundo por cada pecado cometido, sino que se lo reserva y guarda para el mundo venidero, también le cobra al justo en esta vida el pequeño error o falta que haya cometido, para que al final no quede sobre él rastro alguno de pecado y pueda marchar puro y limpio de toda mancha, contemplando la dulzura del Señor y heredando la vida eterna, que consiste en una existencia prolongada colmada de abundante recompensa por los siglos de los siglos.