El relato de rabí Barujá y el profeta Eliahu
Dijeron nuestros maestros, que su memoria sea para bendición (Taanit 22):
que rabí Barujá iba caminando por la plaza, hasta que vino a su encuentro Eliahu, que su memoria sea para bendición, y se le reveló, y habló con él. Y le preguntó rabí Barujá y le dijo: «¿Hay en esta plaza un hombre que merezca la vida del mundo venidero?». Y respondió y dijo: «No».
Estando aún hablando juntos, pasó junto a ellos un hombre sin flecos en su manto (tzitzit), y en sus pies sandalias negras. Y le dijo Eliahu: «Este hombre que pasó junto a nosotros es de los herederos del jardín del Edén». Lo llamó rabí Barujá, y no le respondió. Y pidió permiso a Eliahu, corrió tras él y lo alcanzó.
Y le dijo: «Yo soy el director de la cárcel, y mi costumbre es encerrar a los hombres solos y a las mujeres solas, y por la noche pongo mi lecho entre los hombres y entre las mujeres y los vigilo durante toda la noche, porque temo por las mujeres no sea que las violen los presos. Y cuando arrestan junto a mí a una judía, me esfuerzo en vigilarla y rescatarla. Y una vez arrestaron a una judía en la cárcel, y era mujer casada, y comprendí de parte de los presos que pensaban en su corazón cometer infamias con la muchacha, hasta que tomé medida de levadura y se la di, y le dije: "Hija mía, pasa esta levadura sobre tu carne y di que estás menstruando". Y lo hizo y se salvó, y ningún hombre se le acercó».
Y le dijo rabí Barujá: «¿Por qué tienes en tus pies sandalias negras, y en tu manto no hay flecos (tzitzit)?» (Y nosotros comprendemos de sus palabras que no era costumbre que un judío calzara sandalias negras). Y le dijo el director de la cárcel: «Mi costumbre es ir a la casa del rey, para que no reconozcan que soy judío, y escucho de sus palabras lo que decretarán sobre Israel como decretos, y me apresuro y se lo hago saber a los sabios, para que se aflijan, ayunen y oren al Señor para anular su decreto y frustrar su consejo y su pensamiento de sobre nosotros».
Y le dijo rabí Barujá: «¿Por qué te llamé y no me respondiste?». Y respondió el director de la cárcel y dijo: «Porque me contaron que se reunieron en la casa del rey todos los ministros para renovar un decreto sobre Israel, y me apresuré para hacérselo saber a los sabios, para que vengan ante el rey, el Señor de los Ejércitos, a suplicarle y pedir ante él por el remanente que quedó».
Estando aún hablando con Eliahu, he aquí que dos hombres pasan. Y le dijo Eliahu: «También estos son de los herederos del jardín del Edén». Los llamó rabí Barujá y les preguntó diciendo: «¿Cuál es vuestra obra?». Y le dijeron: «Nuestra costumbre y nuestro estatuto es que, cuando oímos que cualquier hombre está amargado de espíritu, preocupado, suspirante, adolorido y atónito, vamos a su casa a condoler nos con él, a consolarlo y a hablarle a su corazón, para alegrarlo y apartar su suspiro, su preocupación, su lamento y su tristeza de los acontecimientos que le sobrevinieron y las tribulaciones que lo rodearon y cercaron, hasta que se consuele, su corazón se fortalezca y su alma se anime, y florezca, florezca, se regocije y se alegre».
Y recuerdo en este libro lo que supe y alcancé de pruebas, hechos y narraciones sobre cualquiera que estuvo en tribulación y fue salvado de ella, y el Santo, bendito sea Él, le hizo prosperar. Y aunque son hechos escasos para algunos de Israel, así también recordaré además lo que le ocurrió a todo Israel en tribulación y angustia, y los salvó el Santo, bendito sea Él, aparte de lo que está en el rollo del libro de Ester y el rollo de los asmoneos y en los veinticuatro libros —los cuales corresponden a todo el canon de la Tanaj o Biblia hebrea— sobre las tribulaciones y penurias que pasaron y de las cuales fueron salvados, puesto que ellas son manifiestas y conocidas por todo hombre. Ciertamente, recordaré los hechos que no conocen sino algunos de los sabios y entendidos.
Y yo pido de ti y de todos los que ven este libro, y lo conjuro por Hashem, que si ve un error y una equivocación, lo corrija y lo cubra, puesto que los sabios y los piadosos yerran; ¿acaso no dijo David, rey de Israel, que su paz sea en el Edén, en el libro de Salmos
(Salmo 19:13): «¿Quién puede entender los errores?», etc.,
cuanto más alguien que es pequeño, despreciable y vil como yo?
Y ante mi Dios suplicaré y pediré delante de Él que me ayude en la solicitud de mi voluntad, para beneficiarme a mí y a otros. Y le pediré con la súplica de David, que su paz sea en el Edén, registrada en el libro de Salmos
(Salmo 119:117): «Sea tu mano para ayudarme, porque tus mandamientos he escogido».
Y en Dios confío y me amparo, puesto que no será avergonzado el que confía en Él, como dijo, y Él dice y cumple en su palabra
(Isaías 49:23): «Porque yo, el Señor, no se avergonzarán los que me esperan», etc.
Digo al principio de mis palabras: ya se ha aclarado a los dueños del entendimiento y de la ciencia que el Santo, bendito sea Él, es justo y recto, no hay iniquidad en su juicio ni violencia en su sentencia. Y así se aclaró en los libros sagrados, pues se dice
(Salmo 7:12): «Dios es juez justo».
Y además dijo
(Salmo 75:8): «Porque Dios es el juez: a este humilla y a este ensalza»
, es decir, que aunque Él humilla a este y ensalza a este, todo es con justicia y rectitud.
Y si viste a un hombre que es digno de gran dignidad y desciende de su grandeza, o que es merecedor de ser bajo y humillado, y es ensalzado, alzado y muy encumbrado, no te incite tu impuso, no te desvíe tu corazón ni te turbe tu espíritu para pensar sobre la obra del Dios que es inicua, porque Él es justo y recto, y todos sus caminos son juicio, y el secreto de sus obras está oculto y sellado para que los hijos de hombre lo alcancen, y Él sabe por qué es esto y sobre qué es esto.