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Historia Natural de Plinio el Viejo - Libro 2, Bloque 2


Astrónomos y matemáticos mencionados por Plinio: Anaximandro, Hiparco, Tales de Mileto o Sosígenes

Traducción Anotada de la Historia Natural de Plinio el Viejo

Libro II — Bloque II: Astronomía, los Siete Planetas y la Luna (Secciones 32-84)


Nota Introductoria del Traductor

Esta traducción abarca el segundo bloque del Libro II de la Historia Natural de Plinio el Viejo (secciones 32 a 84), dedicado por entero a la astronomía del siglo I e.c. Para preservar el rigor filológico y científico del manuscrito, se han conservado términos técnicos de la época clásica (como coito para la conjunción planetaria, ápsides para las órbitas y sus extremos, y signífero para el zodíaco), acompañados de notas aclaratorias entre corchetes para facilitar su comprensión bajo la astronomía actual.


I. Movimiento y Orden de las Estrellas Superiores (Secciones 32-35)

[32] Es un hecho seguro que la más elevada es la estrella que llaman de Saturno, y por ello parece la más pequeña, recorre el círculo más amplio y regresa al cabo de treinta años al punto de partida más corto de su sede. Por el contrario, los cursos de todas las estrellas errantes [los planetas], y entre ellas el Sol y la Luna, realizan un curso opuesto al del mundo, esto es, hacia la izquierda (hacia el este), mientras que el firmamento gira precipitadamente hacia la derecha (hacia el oeste).

[34] Además, la estrella de Saturno es de naturaleza helada y rígida; el círculo de Júpiter está mucho más abajo que ella y, por tanto, gira con movimiento más rápido en doce años. El tercero es el de Marte, que algunos llaman de Hércules, ardiente de fuego debido a su proximidad al Sol, que completa su revolución en casi dos años; y por ello, Júpiter, interpuesto entre ambos, se templa con el excesivo ardor de este y el frío riguroso de Saturno, volviéndose saludable.

[35] Luego, el curso del Sol consta de trescientas sesenta partes [grados]; pero para que la observación de sus sombras retorne a las marcas señaladas, se añaden anualmente cinco días y además una cuarta parte de un día. Por este motivo, en el quinto año se añade un día intercalar [bisiesto], para que la cuenta del tiempo sea congruente con el camino del Sol.


II. Las Estrellas Inferiores: Venus y Mercurio (Secciones 36-40)

[36] Por debajo del Sol orbita la inmensa estrella llamada de Venus, errante en su curso alterno y émula con sus mismos sobrenombres del Sol y de la Luna. Pues cuando precede y surge antes de la mañana recibe el nombre de Lucifer (portador de luz), como si fuera otro Sol que apresura el día; por el contrario, cuando brilla por el oeste al ponerse el Sol, es llamada Vesper, pues prolonga la luz o hace las veces de la Luna.

[37] Esta naturaleza suya fue descubierta por primera vez por Pitágoras de Samos alrededor de la Olimpiada XLII (que correspondió al año 142 de la fundación de Roma). En tamaño supera a todas las demás estrellas, y su brillo es de tal magnitud que los rayos de esta sola estrella proyectan sombras. Por ello, también posee una gran variedad de nombres: unos la llamaron de Juno, otros de Isis y otros de la Madre de los Dioses.

[38] Por la naturaleza de esta estrella se engendra todo sobre la tierra. Pues en uno u otro orto rocía un rocío generador con el que no solo fecunda los embriones de la tierra, sino que también estimula los de todos los seres vivos. Completa su órbita por el zodíaco en trescientos cuarenta y ocho días, sin alejarse jamás del Sol más de cuarenta y seis grados, según agrada a Timeo.

[39] Con un comportamiento similar, aunque de ningún modo igual en tamaño o poder, la estrella de Mercurio, próxima a ella y llamada por algunos de Apolo, se desplaza en un círculo inferior con una órbita nueve días más rápida, brillando unas veces antes de la salida del Sol y otras después de su puesta, sin alejarse jamás de él más de veintidós grados, según enseñan Cidenas y Sosígenes. Por ello, la regla de estas estrellas es peculiar y no común con las mencionadas arriba.

[40] Pues aquellas [las tres estrellas superiores] pueden distar del Sol una cuarta o una tercera parte del cielo, y a menudo se las ve en oposición al Sol; además, todas tienen órbitas de revolución completa más amplias, que habrán de explicarse al tratar la teoría del Gran Año.


III. Los Misterios y Fases de la Luna (Secciones 41-45)

[41] Pero la admiración de todos es superada por la última estrella, la más familiar para la tierra y dispuesta por la naturaleza como remedio contra las tinieblas: la de la Luna. Multiforme, esta ha atormentado las mentes vacilantes de quienes la contemplan,

[42] indignados en extremo por ignorar al astro que tienen más cerca: siempre creciendo o menguando, unas veces con su rostro curvado en cuernos, otras dividida en porciones iguales, otras redondeada en un círculo completo; manchada y de repente resplandeciente, inmensa en su orbe lleno y de pronto inexistente; a veces visible toda la noche, otras tardía y ayudando a la luz del Sol durante parte del día; eclipsándose y, sin embargo, visible incluso en su eclipse.

[43] Al final del mes se oculta, y entonces no se cree que sufra [eclipses]; unas veces baja y otras alta, y esto tampoco de una sola manera, sino que a veces está cercana al cielo y otras contigua a las montañas, ahora elevada hacia el norte, ahora arrojada hacia el sur. Todo esto fue descubierto en ella por Endimión, el primero entre los hombres; por esta razón se transmite en la leyenda la historia de su amor con ella. Ciertamente, no somos agradecidos con aquellos que con su trabajo y desvelo nos abrieron las puertas de la luz en medio de esta luz; por una admirable peste del ingenio humano, preferimos registrar en nuestros anales la sangre y las matanzas para que se conozcan los crímenes de los hombres, mientras permanecemos ignorantes del mundo mismo.

[44] Estando, pues, muy próxima al eje central y teniendo por ello la órbita más pequeña, recorre en veintisiete días y un tercio de día el mismo espacio que la estrella de Saturno, la más elevada, recorre en los treinta años ya mencionados. Luego, tras detenerse en su conjunción (coito) con el Sol durante dos días a lo sumo, a partir del trigésimo día reemprende el mismo ciclo. Ella es, sin duda, la maestra de todo lo que ha podido comprenderse en el cielo: que el año debe dividirse en doce espacios de meses,

[45] puesto que ella misma alcanza otras tantas veces al Sol en su regreso al punto de partida; y que, al igual que las demás estrellas, es gobernada por el resplandor del Sol, ya que brilla con una luz tomada enteramente de él, tal como vemos que revolotea la luz reflejada en el agua. Por esta razón, con su fuerza más suave e imperfecta, disuelve tanta humedad e incluso la aumenta, mientras que los rayos del Sol la consumen. Por ello también se nos muestra con luz desigual, ya que, estando llena solo cuando está en oposición directa, en los demás días muestra a la tierra tanto de sí misma como lo que concibe del Sol.


IV. El Fenómeno y Física de los Eclipses (Secciones 46-52)

[47] Pues es manifiesto que el Sol se oculta por la interposición de la Luna, y la Luna por la interposición de la Tierra, devolviéndose mutuamente el efecto: la Luna, al interponerse, priva a la Tierra de los rayos solares, y la Tierra priva a la Luna de los mismos. Al interponerse aquella, se extienden tinieblas repentinas, y a su vez, por la sombra de la Tierra, el astro lunar se apaga. La noche no es otra cosa que la sombra de la Tierra, y la figura de esta sombra es semejante a un cono o pirámide (meta) y a un trompo invertido, de modo que solo incide con su punta afilada y no excede la altura de la Luna, puesto que ninguna otra estrella se oscurece de la misma manera, y tal figura siempre termina en punta.

[48] Que las sombras se disuelven en el espacio lo demuestra el vuelo elevadísimo de las aves. Por lo tanto, el confín de aquellas es el límite del aire y el comienzo del éter. Por encima de la Luna todo es puro y está lleno de la luz del día. Nosotros, sin embargo, vemos las estrellas durante la noche, del mismo modo que se ven otras luces en la oscuridad, y por estas causas la Luna se eclipsa durante la noche. Pero ambos eclipses no son fijos ni mensuales debido a la inclinación del zodíaco y a las trayectorias errantes y sinuosas de la Luna, como ya se ha dicho, puesto que los movimientos de los astros no siempre coinciden exactamente en los minutos de sus grados.

[49] Esta teoría eleva las mentes de los mortales hacia el cielo, y a quienes contemplan las cosas desde allí, les revela la magnitud de las tres partes más grandes de la naturaleza. Pues no sería posible que el Sol fuera arrebatado por entero a la Tierra por la interposición de la Luna si la Tierra fuera más grande que la Luna. Asimismo, a partir de ambos casos se revelará la inmensa inmensidad del Sol, de modo que no sea necesario investigar su tamaño mediante pruebas visuales o conjeturas de la mente:

[50] es inmenso porque proyecta las sombras de los árboles plantados en los límites de los campos en intervalos paralelos a lo largo de cualquier número de miles de pasos, como si estuviera en el centro de todo el espacio; y porque durante el equinoccio se sitúa exactamente sobre la vertical (cenit) de todos los habitantes de la zona meridional al mismo tiempo; asimismo, porque las sombras de quienes habitan cerca del círculo solsticial caen hacia el norte al mediodía, pero del este al oeste al amanecer, lo cual no podría ocurrir de ningún modo a menos que fuera mucho mayor que la Tierra; y también porque, al salir, supera con su anchura al monte Ida, abrazándolo ampliamente a derecha e izquierda, especialmente estando separado por tan inmenso intervalo.

[51] El eclipse de la Luna declara su tamaño con argumentos indudables, al igual que la Luna misma al eclipsarse demuestra la pequeñez de la Tierra. Pues, dado que existen tres formas de sombras y está establecido que, si el cuerpo que la proyecta es de igual tamaño que la fuente de luz, la sombra se proyecta con forma de columna y no tiene fin; si el cuerpo es mayor que la luz, tiene forma de un cono recto cuyo extremo inferior es el más estrecho y posee una longitud similarmente infinita; y si el cuerpo es menor que la luz, se forma una sombra cónica que termina en punta; y siendo este último tipo de sombra el que se observa cuando la Luna se eclipsa:

[52] queda claro, sin que quepa ninguna duda, que la Tierra es superada en tamaño por el Sol. Esto también se demuestra por los indicios silenciosos de la propia naturaleza: ¿por qué el Sol se retira en las estaciones del año hacia el invierno o refresca las tierras con la oscuridad de las noches? Ciertamente las quemaría, y de hecho las quema en parte. Tal es su magnitud.


V. Los Pioneros de la Ciencia y los Ciclos Celestes (Secciones 53-58)

[53] Y la explicación de ambos eclipses fue divulgada por primera vez entre el pueblo romano por Sulpicio Galo (quien fue cónsul con Marco Marcelo, pero entonces era tribuno militar), liberando al ejército de su ansiedad el día antes de que el rey Perseo fuera derrotado por Paulo, al ser llevado por el general ante la asamblea para predecir el eclipse, y luego escribiendo un libro sobre ello. Entre los griegos, el primero de todos en investigarlo fue Tales de Mileto, en el cuarto año de la Olimpiada XLVIII, prediciendo un eclipse de Sol que ocurrió bajo el reinado de Aliates, en el año 170 de la fundación de Roma. Después de ellos, Hiparco predijo el curso de ambos astros para seiscientos años, abarcando los meses de las naciones, los días, las horas, la posición de los lugares y la perspectiva de los pueblos, atestiguado por su época como si participara de los designios mismos de la naturaleza.

[54] ¡Hombres inmensos y por encima de lo mortal, que descubrieron las leyes de tan grandes divinidades y liberaron la miserable mente de los hombres, la cual temía en los eclipses crímenes o alguna muerte de los astros —miedo en el que es bien sabido que estuvieron los sublimes poetas Estesícoro y Píndaro ante el eclipse solar— o que en el caso de la Luna acusaba a la brujería y por ello la auxiliaba con ruidos estridentes; temor por el cual el general ateniense Nicias, ignorante de la causa, temió sacar su flota del puerto y arruinó el poder de su patria! ¡Honor a vuestro ingenio, intérpretes del cielo y capaces de comprender la naturaleza, descubridores de la demostración

[55] con la que vencisteis a dioses y hombres! Pues, ¿quién, viendo estas cosas y los trabajos prescritos de los astros (puesto que así agradó llamarlos), no perdonará a los mortales por haber nacido bajo su propia necesidad? Ahora abordaré brevemente y por capítulos los hechos comúnmente aceptados sobre ellos, dando la explicación de manera sucinta únicamente en los puntos indispensables, pues la argumentación detallada no corresponde a este tratado, y es menos sorprendente que no se puedan dar las causas de todas las cosas a que consten con certeza en algunas.

[56] Es seguro que los eclipses regresan a sus órbitas cada doscientos veintitrés meses; el eclipse de Sol no ocurre sino en la última o primera Luna, lo que llaman coito [Luna Nueva], y el de Luna solo cuando está llena, y siempre antes del punto en que ocurrieron la última vez. Además, todos los años ocurren eclipses de ambos astros en días y horas señaladas bajo la tierra, pero cuando ocurren sobre el horizonte, no se ven en todas partes, a veces debido a las nubes, y más a menudo porque el globo de la Tierra se interpone ante la convexidad del mundo.

[57] En un plazo de doscientos años, gracias a la sagacidad de Hiparco, se descubrió que el eclipse de Luna ocurre a veces al quinto mes del anterior, y el de Sol al séptimo; y que el Sol se oculta dos veces en treinta días sobre la Tierra, aunque esto es visto por diferentes pueblos; y lo que es más admirable en este milagro, habiendo acuerdo en que la Luna se oscurece por la sombra de la Tierra, que esto le ocurra unas veces por la parte del ocaso y otras por la del orto, y por qué extraña razón, debiendo estar la sombra oscurecedora bajo la tierra al salir el Sol, ocurrió una vez que la Luna se eclipsó en su ocaso estando ambos astros visibles sobre la tierra. En cuanto a que ambos astros se ocultaran con quince días de diferencia, esto también ocurrió en nuestro tiempo, siendo cónsules los emperadores Vespasianos, el padre por tercera vez y el hijo como colega.

[58] No hay duda de que la Luna tiene siempre sus cuernos vueltos en dirección opuesta al Sol, mirando al oriente si crece, y al occidente si mengua; que brilla agregando tres cuartos y media onza de hora a partir del segundo día hasta el orbe lleno, y restándolos al disminuir; y que siempre está oculta cuando se halla a menos de catorce grados del Sol. Con este argumento se concluye que el tamaño de las estrellas errantes es mayor que el de la Luna, ya que aquellas emergen a veces estando a solo siete grados. Pero la altura las obliga a parecer más pequeñas, del mismo modo que el resplandor del Sol impide ver de día a las estrellas fijadas al cielo, aunque brillan igual que de noche, lo cual se hace manifiesto durante un eclipse de Sol y desde pozos muy profundos.


VI. Geometría Celeste de las Ápsides Planetarias (Secciones 59-65)

[59] En cuanto a las tres estrellas errantes que hemos dicho que están situadas por encima del Sol, se ocultan cuando viajan con él, y surgen por la mañana cuando se distancian no más de once grados. Después, son gobernadas por el contacto de sus rayos y, al estar en posición de trígono a ciento veinte grados, realizan sus estaciones matutinas, las cuales se llaman primeras estaciones; luego, al estar en oposición a ciento ochenta grados, realizan sus ortos vespertinos; y de nuevo, al aproximarse a ciento veinte grados por el otro lado, realizan sus estaciones vespertinas, llamadas segundas estaciones, hasta que el Sol, alcanzándolas a doce grados, las oculta, lo que se denomina ocaso vespertino.

[60] La estrella de Marte, al estar más próxima, experimenta los rayos incluso desde la posición de cuadratura, a noventa grados, de donde recibió el nombre de primer y segundo movimiento de noventa grados a partir de cada orto. Esta misma estrella permanece estacionaria durante seis meses en los signos, siendo por lo demás de dos meses, mientras que las otras dos estrellas no completan cuatro meses en cada una de sus estaciones.

[61] Por el contrario, las dos estrellas inferiores se ocultan en su conjunción (coito) vespertina de manera similar, y al ser dejadas atrás por el Sol en el mismo número de grados, realizan sus ortos matutinos, en los cuales siguen al Sol hasta los límites máximos de su distancia, y al alcanzarlo en su ocaso matutino, se ocultan y pasan de largo. Luego, tras el mismo intervalo, surgen por la tarde hasta los límites que hemos mencionado. Desde allí regresan hacia el Sol y se ocultan en su ocaso vespertino. La estrella de Venus realiza también dos estaciones, matutina y vespertina, a partir de cada orto en los límites más distantes de su alejamiento; las estaciones de Mercurio duran un momento tan breve que no pueden ser percibidas.

[62] Esta es la explicación de la ocultación de las luces, un movimiento sumamente complejo y envuelto en muchos milagros, ya que los astros cambian sus tamaños y sus colores, y se aproximan hacia el norte o se alejan hacia el sur, y de repente se los ve más cerca de la tierra o en lo alto del cielo. Al exponer sobre estas cosas muchas tesis diferentes de las de nuestros predecesores, confesamos que se debe a su propio mérito el que nos hayan mostrado los primeros caminos para investigar, con tal de que nadie desespere de que los siglos progresen siempre.

[63] Todo esto ocurre por múltiples causas: la primera es la de los círculos que los griegos llaman ápsides (apsidas) en las estrellas; pues es preciso utilizar términos griegos. Estos círculos son propios de cada una de ellas y diferentes de los del mundo, puesto que la Tierra, equidistante de los dos vértices que llamaron polos, es el centro del cielo y también del zodíaco (signífero), situado oblicuamente entre ellos. Todo esto consta mediante el uso del compás con razón siempre indudable. Por lo tanto, las ápsides de cada astro se elevan desde un centro diferente, y por ello tienen órbitas diversas y movimientos disímiles, puesto que las ápsides interiores son necesariamente más cortas.

[64] Así, con respecto al centro de la Tierra, las ápsides más altas [apogeos] se encuentran en el punto medio de los signos: para Saturno en Escorpio, Júpiter en Virgo, Marte en Leo, el Sol en Géminis, Venus en Sagitario, Mercurio en Capricornio y la Luna en Tauro; y por el contrario, las más bajas [perigeos] y cercanas al centro de la Tierra en los signos opuestos. De este modo ocurre que parecen moverse más lentamente cuando marchan por su órbita más alta, no porque aceleren o retrasen sus movimientos naturales, los cuales son fijos y singulares para cada una, sino porque las líneas trazadas desde la ápside más alta necesariamente se estrechan hacia el centro, como los radios en las ruedas, y el mismo movimiento se percibe como mayor o menor según la proximidad al centro.

[65] La segunda causa de sus elevaciones es que tienen sus ápsides más altas respecto a su propio centro en otros signos: Saturno en el grado veinte de Libra, Júpiter en el quince de Cáncer, Marte en el veintiocho de Capricornio, el Sol en el diecinueve de Aries, Venus en el veinticuatro [nota: el latín dice XXVII, veintisiete] de Piscis, Mercurio en el quince de Virgo y la Luna en el tres de Tauro. La tercera explicación de las alturas se entiende por la medida del cielo, no de su círculo, al estimar con los ojos si suben o descienden a través de la profundidad del aire.


VII. Desviaciones en Latitud y Fuerza Solar (Secciones 66-71)

[66] Conectada con esto se halla la causa de las latitudes del zodíaco y de su oblicuidad. Por él se desplazan las estrellas de las que hemos hablado, y no hay otra región habitada en la Tierra que la que subyace a él; el resto, hacia los polos, es yermo. Solo la estrella de Venus excede el zodíaco en dos grados, causa que se entiende que hace que nazcan ciertos animales incluso en las zonas desiertas del mundo. La Luna también vaga por toda su latitud, pero sin excederlo en absoluto. Después de estas, la estrella de Mercurio es la que vaga con más amplitud, de modo que de los doce grados —pues tantos son los de su latitud— no recorre más de ocho, y no de manera igual, sino dos en el medio, cuatro por encima y dos por debajo.

[67] El Sol se desplaza después por el medio de los doce grados, alternando entre dos grados con un sinuoso camino en forma de serpiente (dragón); la estrella de Marte por los cuatro grados del medio; la de Júpiter por el del medio y dos por encima; la de Saturno por dos grados, al igual que el Sol. Esta es la explicación de las latitudes según descienden hacia el sur o ascienden hacia el norte. Muchos creyeron erróneamente que la tercera dimensión —la de los astros que ascienden desde la Tierra hacia el cielo— se rige por esta misma regla y que se escala de igual manera. Para refutarlos, es preciso revelar una sutileza inmensa que abarca todas estas causas.

[68] Se admite que las estrellas, en su ocaso vespertino, están muy próximas a la Tierra tanto en altitud como en latitud, que sus ortos matutinos ocurren al inicio de cada ciclo, y sus estaciones en los puntos medios de las latitudes, que llaman eclípticas. Asimismo, se reconoce que su movimiento aumenta mientras se hallan cerca de la Tierra y disminuye cuando se alejan hacia las alturas. Esta regla se demuestra de manera clarísima en las elevaciones de la Luna. Igualmente no cabe duda de que en los ortos matutinos la velocidad sigue aumentando, y que a partir de las primeras estaciones las tres estrellas superiores disminuyen su velocidad hasta las segundas estaciones.

[69] Siendo esto así, será manifiesto que a partir del orto matutino se escala en latitud, puesto que en ese estado se empieza a añadir movimiento más lentamente; en cambio, en las primeras estaciones se sube en altitud, puesto que entonces comienzan a restarse grados y las estrellas retroceden. La razón de este fenómeno debe explicarse en detalle. Al ser golpeadas en la zona mencionada por el rayo en trígono del Sol, se les impide seguir un curso recto y son elevadas hacia lo alto por la fuerza ígnea del astro rey.

[70] Esto no puede ser percibido de inmediato por nuestra vista, y por ello se piensa que permanecen quietas, de donde recibió el nombre de estación. Luego, progresa la violencia del mismo rayo y las obliga a retroceder, al ser golpeadas por su calor. Esto ocurre con mucha mayor fuerza durante su orto vespertino, con todo el Sol en oposición directa, momento en que son expulsadas hacia las ápsides más altas, viéndose sumamente pequeñas porque están a la máxima distancia, y moviéndose con el menor movimiento, el cual es aún menor cuando esto coincide con los signos más altos de sus ápsides.

[71] A partir del orto vespertino se desciende en latitud, disminuyendo ya más lentamente la velocidad, la cual no aumenta antes de las segundas estaciones, momento en el que también se desciende en altitud, al llegar el rayo solar desde el otro lado y deprimir la estrella de nuevo hacia la Tierra con la misma fuerza con la que la había elevado al cielo desde el trígono anterior. ¡Tanta es la diferencia de si los rayos inciden por debajo o por encima! Y esto mismo ocurre con mucha mayor fuerza en el ocaso vespertino. Esta es la regla de las estrellas superiores; la de las restantes es más difícil y no ha sido expuesta por nadie antes de nosotros.


VIII. Órbitas de Venus, Mercurio y Leyes Particulares (Secciones 72-78)

[72] Explíquese, pues, en primer lugar por qué la estrella de Venus nunca se aleja del Sol más de cuarenta y seis grados, ni Mercurio más de veintidós, y a menudo regresan hacia el Sol antes de alcanzar estos límites. Ambas tienen sus ápsides invertidas, al estar situadas por debajo del Sol, y la porción de sus círculos que queda por debajo es de igual extensión que la que queda por encima en las estrellas superiores; por ello no pueden alejarse más, puesto que la curvatura de sus ápsides no ofrece allí una longitud mayor. Por tanto, los bordes de sus ápsides fijan el límite para ambas con una regla similar, y compensan los espacios de longitud mediante su desviación en latitud. Pero entonces,

[73] ¿por qué no siempre alcanzan los cuarenta y seis o los veintidós grados? En verdad sí lo hacen, pero la regla escapa a los astrónomos que usan tablas fijas (canonicos). Pues resulta evidente que las ápsides de estas estrellas también se mueven, ya que nunca sobrepasan al Sol. Así, cuando sus bordes coinciden con el grado del Sol en uno u otro lado, se entiende que las estrellas alcanzan sus máximas distancias. Cuando los bordes se hallan más acá, se ven obligadas a regresar antes en igual número de grados, ya que ese es siempre el límite extremo para ambas.

[74] De aquí se comprende también la regla inversa de sus movimientos. Pues las estrellas superiores se desplazan con la máxima rapidez en su ocaso vespertino, y estas con la mínima; aquellas están a la máxima distancia de la Tierra cuando se mueven más despacio, y estas cuando se mueven con la máxima velocidad, porque, así como en aquellas la proximidad al centro acelera el movimiento, en estas lo hace el extremo del círculo. Aquellas comienzan a disminuir su velocidad a partir de su orto matutino, pero estas a aumentarla; aquellas realizan su curso retrógrado desde la estación matutina hasta la vespertina, y Venus desde la vespertina hasta la matutina.

[75] Venus comienza a ascender en latitud a partir de su orto matutino, pero a subir en altitud e ir tras el Sol a partir de su estación matutina, siendo sumamente veloz y estando a la máxima altura en su ocaso matutino; desciende en latitud y disminuye su movimiento a partir de su orto vespertino, y retrocede descendiendo en altitud a partir de su estación vespertina. Por su parte, la estrella de Mercurio asciende de ambos modos desde su orto matutino, y desciende en latitud desde su orto vespertino; tras alcanzar al Sol a una distancia de quince grados, permanece casi inmóvil durante cuatro días.

[76] Poco después desciende de la altura y retrocede desde su ocaso vespertino hasta su orto matutino; y esta estrella y la Luna descienden en igual número de días que los que tardaron en subir. Venus tarda quince veces más días en subir; por el contrario, Saturno y Júpiter descienden en el doble de tiempo, y Marte en el cuádruple. ¡Tanta es la variedad de la naturaleza, pero la causa es evidente! Pues los astros que avanzan esforzándose contra el calor del Sol, descienden también con dificultad.

[77] Se pueden revelar muchos más secretos de la naturaleza y las leyes con las que ella misma se rige; por ejemplo, en el caso de la estrella de Marte, cuyo curso es el más difícil de observar: que nunca realiza su estación si la estrella de Júpiter está en trígono, y muy raramente cuando dista sesenta grados (número que forma las figuras hexagonales del mundo), y que solo realiza sus ortos de manera simultánea en dos signos, Cáncer y Leo; en cuanto a Mercurio, que realiza ortos vespertinos muy raramente en Piscis, y con suma frecuencia en Virgo, y ortos matutinos en Libra y también en Acuario, siendo rarísimos en Leo; y que no se vuelve retrógrado en Tauro ni en Géminis, y en Cáncer no antes del grado veinticinco;

[78] que la Luna realiza su conjunción con el Sol dos veces en un mismo mes únicamente en el signo de Géminis, y que nunca se une en conjunción en Sagitario; que la última y la primera Luna se ven en un mismo día o noche solo en el signo de Aries (lo cual ha acontecido a muy pocos mortales, de donde procede la fama de la vista de Linceo); y que la estrella de Saturno no aparece en el cielo durante ciento setenta días como máximo, la de Marte el mismo tiempo, la de Júpiter treinta y seis días o, como mínimo, cincuenta y dos, y Mercurio trece días o, como mínimo, diecisiete.


IX. Colores, Fases Lunares y Puntos de Cambio del Sol (Secciones 79-81)

[79] El factor de la altura regula los colores de las estrellas, puesto que adquieren semejanza con el aire en el que penetran al ascender, y el círculo de órbita ajeno tiñe a las que se aproximan en una u otra dirección: el más frío hacia la palidez, el más ardiente hacia el color rojo, el ventoso hacia un brillo trémulo (horrorem), y el Sol, así como las uniones de las ápsides y los extremos de las órbitas, hacia una oscura lobreguez. Cada estrella posee, en verdad, su propio color: Saturno un blanco apagado, Júpiter brillante, Marte ígneo, Lucifer un blanco resplandeciente, Vesper refulgente, Mercurio radiante, la Luna suave, el Sol ardiente al salir y después radiante. Con estas causas se conecta también la visibilidad de las estrellas fijas en el cielo;

[80] pues unas veces se las ve en gran multitud congregadas alrededor de las fases de media luna, cuando la noche apacible las ilumina suavemente, y otras en escasez, de modo que nos asombra su desaparición, al estar ocultas por la Luna llena o cuando los rayos del Sol o de las estrellas mencionadas arriba deslumbran nuestra vista. Y la Luna misma siente indudablemente los contrastes de los rayos solares que inciden sobre ella, los cuales son atenuados por la convexidad de la curva del mundo, excepto cuando coinciden en impactos de ángulo recto. Por ello, en cuadratura con el Sol se muestra dividida a la mitad; en posición de trígono se rodea de un orbe semicerrado; se llena cuando está en oposición directa; y al menguar, reproduce las mismas formas en intervalos idénticos, con una regla similar a la de las tres estrellas situadas por encima del Sol.

[81] El Sol mismo posee cuatro puntos de cambio: dos veces en que la noche se iguala al día [equinoccios], en primavera y otoño, cruzando por el centro de la Tierra en los octavos grados de Aries y Libra; y dos veces en que se alteran las duraciones [solsticios], en el solsticio de invierno (bruma) para el aumento del día, en el octavo grado de Capricornio, y en el solsticio de verano para el aumento de la noche, en el mismo grado de Cáncer. La causa de esta desigualdad es la oblicuidad del zodíaco, dado que una porción igual del mundo permanece sobre y bajo la Tierra en cada instante. Pero los signos que surgen verticalmente en su orto retienen la luz durante más tiempo; en cambio, los que surgen oblicuamente pasan en un espacio de tiempo más rápido.


X. El Origen de los Rayos y la Armonía Cósmica (Secciones 82-84)

[82] Escapa a la mayoría de la gente lo que fue descubierto por los hombres más eminentes en ciencia mediante una constante observación del cielo: que los fuegos que caen a la Tierra y reciben el nombre de rayos pertenecen a las tres estrellas superiores, pero especialmente a la de Júpiter, situada en medio; tal vez porque la mezcla de la excesiva humedad del círculo superior (Saturno) y del ardor del inferior (Marte) se evacua de esta manera, y por ello se dice que Júpiter arroja los rayos. Por consiguiente, así como salta una brasa con crujido de un leño ardiente, de igual modo se escupe el fuego celeste de la estrella trayendo consigo presagios, sin que la parte desprendida de ella deje de cumplir sus divinas funciones. Y esto ocurre principalmente cuando el aire está perturbado, ya que la humedad acumulada estimula la abundancia del fuego o porque el aire se agita por el parto de la estrella como si estuviera grávida.

[83] Muchos intentaron también averiguar las distancias de las estrellas a la Tierra, y afirmaron que la distancia del Sol a la Luna es diecinueve veces la distancia de la Luna a la Tierra. Por su parte, Pitágoras, hombre de mente sagaz, dedujo que la distancia de la Tierra a la Luna es de ciento veintiséis mil estadios [nota: en el manuscrito se indica CXXVI estadios, interpretado comúnmente en la tradición matemática clásica como una codificación de 126,000 estadios, o conservando el valor literal de 126 estadios como parte de la sutil mística de los números], que de ella al Sol es el doble, y de allí al zodíaco (los doce signos) el triple; opinión en la que también coincidió nuestro compatriota Sulpicio Galo.

[84] Pero Pitágoras llama a veces a la distancia de la Luna a la Tierra por una proporción musical: de ella a Mercurio la mitad de ese espacio (un semitono), y de este a Venus la misma mitad; de Venus al Sol una vez y media (una quinta); del Sol a Marte un tono (esto es, tanto como de la Tierra a la Luna); de Marte a Júpiter medio tono, y de este a Saturno otro medio tono; y de allí al zodíaco una vez y media; de modo que con estos siete tonos se produce la armonía de la octava (diapason), esto es, la totalidad del concierto universal, en la cual Saturno se mueve con la nota doria, Júpiter con la frigia y las restantes con tonos similares, con una sutileza más agradable que necesaria.


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