El relato de Eleazar de Bartota
Y asimismo Eleazar de Bartota solía hacer muchas obras de caridad y piedad, y cuando se topaba con los recaudadores de caridad, les daba todo lo que estaba en su mano, hasta que huían de él cuando lo veían desde lejos.
Y aconteció un día que salió a comprar dote para su hija para casarla con su esposo. Y los vio desde lejos, y se acercó a ellos antes de que lo vieran. Y les dijo: «Os conjuro por el Nombre, ensalzado y bendito sea, que me digáis: ¿para quién recaudáis caridad?». Y le dijeron: «A una huérfana y a un huérfano los hemos emparejado, y queremos comprarles el ajuar». Y les dio todo lo que se hallaba en su mano, y dijo: «Es mejor casar a esta huérfana que a mi casa». Y no le quedó sino un zuz que estaba atado en el faldón de su ropa. Fue y compró con él harina, y vino a su casa, y la puso en el lugar donde pone la harina, y fue al mercado.
Y le dijo su esposa a su hija: «¿Qué trajo tu padre del mercado?», y le declaró lo que había traído. Y se levantó a ver, y halló que el Santo, bendito sea Él, puso bendición, y había en ella harina sin medida, y ningún hombre puede negar este milagro, pues para el Señor no hay impedimento, ya que así dio bendición en la tinaja de harina a la viuda de Sarepta, de la cual comieron ella, su hijo y Elías, hasta que el Señor dio lluvia sobre la tierra. Y aconteció por la tarde, y le dijo a su esposo: «Mira lo que te dio el Santo, bendito sea Él». Y le dijo a ella: «Que esto sea para caridad; toma tu parte de ello como uno de los pobres de Israel», y vivieron de ello ellos y algunos pobres.