El relato del rico que ocultó su dinero en el cementerio
Dijeron nuestros sabios, de su memoria bendita, que había un hombre rico en gran manera, y pensaba en su corazón y decía: «¿Qué ventaja tengo en toda mi labor, y de qué aprovechará mi riqueza y mi hacienda en la hora de mi muerte?». Y le decían los hombres que hiciese caridad y piedad de su hacienda, y él se demoraba en toda su labor, y que tuviese para sí provisión para el camino, pues la riqueza no permanece, y velozmente perece, tal como está dicho: «¿Volarán tus ojos hacia ella y ya no es?» [Proverbios 23:5] y demás. Y juró que no daría caridad de su hacienda sino a aquel cuya confianza se hubiese desesperado de este mundo.
Y aconteció un día que salió fuera de la ciudad, y vio a un pobre sentado en el basurero, y sobre él trapos de harapos con los que se cubría, y dijo en su corazón: «Ciertamente este pobre está desesperado del bien del mundo, y él espera la muerte, por cuanto está en gran tribulación por la pobreza, y no tiene confianza en este mundo». Y le dio cien dinares.
Y se asombró el pobre en gran manera, y le dijo el pobre: «¿Por qué me diste esta mucha hacienda a mí solo entre todos los pobres de la ciudad?».
Y le dijo: «Porque juré que no daría caridad sino a aquel que está desesperado del bien de este mundo».
Y le dijo el menesteroso: «¡El necio, el tonto y el impío es el que está desesperado del bien del mundo! Pues yo confío en el Señor y en la misericordia de mi Creador, y espero en Sus misericordias en todo tiempo, momento y ocasión, tal como está dicho: ‘Y Sus misericordias sobre todas sus obras’ [Salmos 145:9]. ¿Acaso no leíste: ‘Alza del polvo al pobre, del muladar levanta al menesteroso’ [Salmos 113:7] y demás? ¿Acaso no sabes que no hay para el Señor impedimento para levantarme, enriquecerme y salvarme de esta tribulación? ¡Abandona esta necedad y aléjala de ti, y te irá bien!».
Y le dijo el rico: «No fue mi galardón [mi intención] el que me apiadé y me compadecí de ti, sino que me injuriaste y me escarniste».
Y le dijo el pobre: «Tú pensaste que te compadeciste de mí, y no fue así, sino que me mataste, pues no están desesperados del bien del mundo sino los muertos».
Y dijo el rico en su corazón: «Si es así, entonces iré al cementerio y sepultaré este dinero allí con los muertos que están desesperados del bien de este mundo». Y lo hizo.
Y pasaron sobre él tiempos, y se empobreció el rico, y no le quedó nada. Y al ver que le iba mal, fue y cavó en el cementerio para sacar el dinero que había ocultado allí para sustentarse con él, y lo hallaron los guardianes, y lo prendieron y lo llevaron al príncipe de la ciudad.
Y el príncipe de la ciudad era aquel pobre del basurero, por cuanto él era hijo de bien [de buena familia], y cuando murió el príncipe de la ciudad, se congregaron los hombres de la ciudad y pusieron a este pobre hijo de bien sobre ellos por cabeza y capitán.
Y cuando trajeron al hombre que cavaba en el cementerio, dijeron al príncipe: «¡Señor nuestro, a este hombre lo hallamos cavando las sepulturas para despojar a los muertos de sus mortajas!».
Y lo vio el príncipe, y lo reconoció, y disimuló ante él, y le habló con dureza. Y le dijo: «Señor, ¡líbrenos Dios!, pues jamás subió a mi corazón esta infamia, mas me ocurrió tal y tal cosa». Y le contó todo lo que le aconteció con el dinero que ocultó en el cementerio.
Y le dijo el príncipe: «¿Me reconoces?». Y le dijo: «¿Cómo reconocerá un esclavo a su señor?». Y le dijo el príncipe: «Yo soy el pobre que estaba sentado en el basurero, al que le dijiste que yo estaba desesperado del bien del mundo».
Y se levantó hacia él, lo abrazó y lo besó, y mandó sacar el dinero del cementerio para dárselo. Y mandó además darle comida y porción de la casa del príncipe día a día todos los días de su vida.
Bendito y ensalzado sea Aquel que humilla y levanta, empobrece y enriquece, tal como está dicho: «Alza del polvo al pobre» [Salmos 113:7] y demás.