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35. Jibur Yafé Mehayeshuá -El relato del rico que ocultó su dinero en el cementerio


El relato del rico que ocultó su dinero en el cementerio

Dijeron nuestros sabios, de su memoria bendita, que había un hombre rico en gran manera, y pensaba en su corazón y decía: «¿Qué ventaja tengo en toda mi labor, y de qué aprovechará mi riqueza y mi hacienda en la hora de mi muerte?». Y le decían los hombres que hiciese caridad y piedad de su hacienda, y él se demoraba en toda su labor, y que tuviese para sí provisión para el camino, pues la riqueza no permanece, y velozmente perece, tal como está dicho: «¿Volarán tus ojos hacia ella y ya no es?» [Proverbios 23:5] y demás. Y juró que no daría caridad de su hacienda sino a aquel cuya confianza se hubiese desesperado de este mundo.

Y aconteció un día que salió fuera de la ciudad, y vio a un pobre sentado en el basurero, y sobre él trapos de harapos con los que se cubría, y dijo en su corazón: «Ciertamente este pobre está desesperado del bien del mundo, y él espera la muerte, por cuanto está en gran tribulación por la pobreza, y no tiene confianza en este mundo». Y le dio cien dinares.

Y se asombró el pobre en gran manera, y le dijo el pobre: «¿Por qué me diste esta mucha hacienda a mí solo entre todos los pobres de la ciudad?».

Y le dijo: «Porque juré que no daría caridad sino a aquel que está desesperado del bien de este mundo».

Y le dijo el menesteroso: «¡El necio, el tonto y el impío es el que está desesperado del bien del mundo! Pues yo confío en el Señor y en la misericordia de mi Creador, y espero en Sus misericordias en todo tiempo, momento y ocasión, tal como está dicho: ‘Y Sus misericordias sobre todas sus obras’ [Salmos 145:9]. ¿Acaso no leíste: ‘Alza del polvo al pobre, del muladar levanta al menesteroso’ [Salmos 113:7] y demás? ¿Acaso no sabes que no hay para el Señor impedimento para levantarme, enriquecerme y salvarme de esta tribulación? ¡Abandona esta necedad y aléjala de ti, y te irá bien!».

Y le dijo el rico: «No fue mi galardón [mi intención] el que me apiadé y me compadecí de ti, sino que me injuriaste y me escarniste».

Y le dijo el pobre: «Tú pensaste que te compadeciste de mí, y no fue así, sino que me mataste, pues no están desesperados del bien del mundo sino los muertos».

Y dijo el rico en su corazón: «Si es así, entonces iré al cementerio y sepultaré este dinero allí con los muertos que están desesperados del bien de este mundo». Y lo hizo.

Y pasaron sobre él tiempos, y se empobreció el rico, y no le quedó nada. Y al ver que le iba mal, fue y cavó en el cementerio para sacar el dinero que había ocultado allí para sustentarse con él, y lo hallaron los guardianes, y lo prendieron y lo llevaron al príncipe de la ciudad.

Y el príncipe de la ciudad era aquel pobre del basurero, por cuanto él era hijo de bien [de buena familia], y cuando murió el príncipe de la ciudad, se congregaron los hombres de la ciudad y pusieron a este pobre hijo de bien sobre ellos por cabeza y capitán.

Y cuando trajeron al hombre que cavaba en el cementerio, dijeron al príncipe: «¡Señor nuestro, a este hombre lo hallamos cavando las sepulturas para despojar a los muertos de sus mortajas!».

Y lo vio el príncipe, y lo reconoció, y disimuló ante él, y le habló con dureza. Y le dijo: «Señor, ¡líbrenos Dios!, pues jamás subió a mi corazón esta infamia, mas me ocurrió tal y tal cosa». Y le contó todo lo que le aconteció con el dinero que ocultó en el cementerio.

Y le dijo el príncipe: «¿Me reconoces?». Y le dijo: «¿Cómo reconocerá un esclavo a su señor?». Y le dijo el príncipe: «Yo soy el pobre que estaba sentado en el basurero, al que le dijiste que yo estaba desesperado del bien del mundo».

Y se levantó hacia él, lo abrazó y lo besó, y mandó sacar el dinero del cementerio para dárselo. Y mandó además darle comida y porción de la casa del príncipe día a día todos los días de su vida.

Bendito y ensalzado sea Aquel que humilla y levanta, empobrece y enriquece, tal como está dicho: «Alza del polvo al pobre» [Salmos 113:7] y demás.


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