El relato de Hillel y la subida a la casa de estudio
Y asimismo (Yomá 35) Hillel el Anciano era pobre y menesteroso, y ganaba en su labor medio zuz, y se sustentaba a sí mismo con la mitad, y la otra mitad la daba al guardián de la puerta de la midrash [casa de estudio] para dejarlo entrar a oír las palabras de Torá y las palabras de Dios viviente de boca de Shemayá y Abtalión.
Y aconteció un día, en los días del invierno, que no tenía qué dar al guardián de la puerta, y no lo dejaron entrar a la casa de estudio. Y subió sobre el techo de la midrash, y metió su cabeza frente a la ventana para oír las palabras de Torá, y descendió sobre él una gran nieve todo el día, hasta que quedó cubierto todo él de la nieve, y no se preocupó debido a su mucha avidez por oír las palabras de Torá.
Y aconteció por la tarde, y no pudo levantarse a causa del mucho frío, y estuvo allí toda la noche.
Y aconteció por la mañana, y vinieron Shemayá y Abtalión a la casa de estudio, y miraron hacia la ventana por donde entraba la luz antes de esto, y aquel día estaba oscuro y no había resplandor en él. Y buscaron y hallaron a Hillel como un muerto tendido, y desnudaron sus vestiduras y lo vistieron con otras vestiduras, y le hicieron una gran hoguera a su alrededor, y retornó su espíritu a él.
Y desde aquel día en adelante, le dieron permiso para entrar a la midrash sin pago.
Por tanto dijeron los sabios, de su memoria bendita: ¿De qué se quejará un hombre pobre si se abstiene a sí mismo de estudiar Torá? Si dijere: «Pobre era y estaba atribulado en mi pobreza y mi indigencia», le dicen: «¿Acaso eras más pobre que Hillel el Anciano?», y no hallará respuesta.
Y asimismo el rico dirá: «Por la muchedumbre de mis riquezas y mi caudal me detuve y no pude estudiar Torá», le dicen: «¿Eras más rico que rabí Eleazar Jarsom, a quien su padre le dejó aldeas, huertos, vergeles y barcos sobre el mar, y nunca fue a verlos, sino que dejó todo en mano de sus siervos, y se ocupó en la Torá todos los días de su vida?», y no hallará respuesta.
Y asimismo el malvado, si dijere: «Cuando prevaleció sobre él su instinto y su mucha concupiscencia lo impidieron de estudiar Torá», le dicen: «¿Acaso eras más hermoso que Iosef el Justo y la esposa de Potifar, que se ataviaba delante de él y era de hermosa figura y de hermoso parecer, y quebró su instinto y subyugó su concupiscencia, y no puso los ojos en ella jamás?».