Había una vez tres conejitos hermanos que vivían al borde de un gran bosque: Chispas, Brumo y Sol.
Un día, su mamá les dijo antes de salir a buscar comida: —Hijos, hoy lloverá mucho. Por favor, no crucen el puente de madera vieja sobre el río, porque se rompe fácil y el agua está muy fría.
Al poco rato, empezó a caer la lluvia.
Chispas vio un gran charco de barro al otro lado del río y quiso ir a saltar en él. —¡Ese puente aguanta, mamá exagera! —dijo Chispas. Sol le recordó: —Mamá nos avisó que no es seguro. Pero Chispas no escuchó a nadie. Corrió al puente, dio un salto... ¡y PUM! Una tabla se rompió, Chispas cayó al agua helada, perdió sus botas y terminó temblando de frío, llorando porque no escuchó la advertencia. Chispas actuó de forma necia, porque no escuchó los buenos consejos y terminó haciéndose daño a sí mismo por capricho.
Mientras Chispas salía del agua como podía, su hermano Brumo se acercó riéndose. —¡Miren qué gracioso cómo tiembla de frío! —dijo Brumo. En lugar de ayudar a su hermano, le quitó la única manta seca que les quedaba para esconderla detrás de un arbusto, solo para ver a Chispas llorar más fuerte. Brumo actuó de forma mala, porque disfrutó haciendo sufrir a su hermano y buscó hacerle daño a propósito.
Entonces se acercó Sol. Primero, recordó la regla de mamá y no se acercó al borde peligroso del río. Después, corrió a buscar una rama larga y segura para que Chispas pudiera agarrarse y salir del agua. Cuando estuvo a salvo, fue a buscar la manta que Brumo había escondido y arropó a su hermano para que no pasara frío. —La próxima vez escucharemos a mamá para estar seguros —dijo Sol con calma. Sol actuó con sabiduría, porque pensó antes de actuar, se cuidó del peligro y usó su buena cabeza para ayudar a los demás.
Desde ese día, cuando los conejitos tienen una duda, siempre le preguntan a Sol.