El Reino donde el Rey No Tenía Oído
Había una vez un reino que vivía en una montaña redonda, con caminos que subían y bajaban como una gran espiral de pastel. Este reino tenía un problema: su rey era muy bueno y muy amable, pero le faltaba algo importante: el Oído para la Justicia.
El Rey se llamaba Rey Suavecito.
Si dos personas venían a verlo con un problema, el Rey Suavecito solo decía: "¡Ay, no se peleen! Los dos tienen razón. ¡Vayan a casa y denle un abrazo!"
Un día, llegó el Panadero Don Horno quejándose: —¡Mi Vecino, el zapatero, me ha robado mi receta secreta de pan de nube! ¡Ahora él también hace pan de nube!
Luego llegó el Zapatero Don Cueros y dijo: —¡No es cierto, Su Majestad! Yo inventé el pan de nube.
El Rey Suavecito se puso la mano en la cabeza y dijo: —¡Qué lío! Don Panadero, usted tiene razón porque su pan es delicioso. ¡Y Don Zapatero, usted tiene razón porque tiene un bigote muy simpático! ¡Vayan a casa y compartan la receta!
Pero la cosa no funcionó. Compartir una receta robada no es justo.
Otro día, llegó la Niña Lila con lágrimas en los ojos. —¡Mi tren de madera se ha roto! —dijo—. ¡Y el niño Tomate Rojo lo rompió!
El niño Tomate Rojo dijo: —No, Su Majestad. Mi perro lo rompió. ¡Pero fue un accidente!
El Rey Suavecito dijo: —¡Ay, no llores, Lila! ¡Y Tomate Rojo, no te preocupes! Vayamos a jugar un rato y nos olvidamos del tren roto.
Pero la cosa no funcionó. La Niña Lila se fue triste porque su tren no se arregló.
El reino empezó a volverse un desorden. Todos robaban y nadie se hacía responsable, porque el Rey Suavecito solo decía: "¡Denle un abrazo!"
Un día, un sabio viajero (que era un mapache con un monóculo y un pergamino antiguo) llegó al reino. Se sentó a la sombra de un árbol y vio todo el desorden.
El mapache sabio le dijo al Rey Suavecito:
—Su Majestad, usted es muy amable, pero no está cumpliendo el mandamiento de Establecer Cortes de Justicia (Dinim). Un rey no tiene que ser solo "suavecito". Un rey tiene que tener un Oído Fuerte que escuche la verdad.
—¿Y cómo lo hago? —preguntó el Rey Suavecito, confundido.
—Muy fácil —dijo el mapache—. Cuando hay un problema, no diga que los dos tienen razón. Escuche al Panadero. Escuche al Zapatero. ¡Y luego, decida cuál de los dos está diciendo la verdad! Si el Zapatero robó la receta, debe ser castigado y debe devolver el secreto. Si el niño rompió el tren, debe disculparse y ayudar a arreglarlo.
El Rey Suavecito aprendió la lección. Invitó al mapache sabio a ser su primer Juez Fuerte.
Desde ese día, cuando había un problema, el Rey Suavecito seguía siendo amable, pero el Juez Fuerte escuchaba toda la historia. Si alguien robaba, recibía un castigo justo. Si alguien rompía algo, debía arreglarlo.
Y el pueblo, aunque a veces el castigo era duro, estaba feliz, porque todos sabían que en ese reino, la justicia era más importante que ser solo "suavecito". Y la justicia fue lo que trajo la paz al reino de la montaña redonda.
Fin.