El Gallo Rogelio y el "Kikiriki" Equivocado
En la granja del Tío Pepe vivía Rogelio, el gallo más elegante del mundo. Tenía plumas de colores, una cresta roja brillante y caminaba como si fuera un soldado: ¡Pum, pum, pum!
El trabajo de Rogelio era muy importante: despertar al Sol cada mañana.
Un día, Rogelio se despertó con mucha energía. Se subió al techo del granero, infló el pecho grande, grande como un globo, abrió el pico y gritó con todas sus fuerzas para despertar a todos:
—¡MIAUUUUUUUU!
Rogelio se tapó la boca con las alas. ¿Miau? —pensó—. ¡Yo no soy un gato! ¡Qué vergüenza!
Abajo, el gato Félix se despertó asustado y se cayó de la hamaca. ¡Plaf!
—¿Quién me llama? —dijo el gato, mirando para todos lados.
Rogelio se puso rojo. —Perdón, perdón —dijo—. Fue un error técnico. Probemos otra vez.
Rogelio volvió a inflar el pecho. Respiró hondo por la nariz. Se preparó y...
—¡MUUUUUUUUUU!
La Vaca Clotilde, que estaba durmiendo parada, abrió un ojo y se puso sus gafas.
—Oye, Rogelio —le dijo muy seria—. Ese "Muu" es mío. Tú no tienes manchas ni comes pasto. ¡Devuélveme mi mugido!
Rogelio estaba desesperado. Los cerditos se estaban riendo tanto que rodaban por el lodo: ¡Oink, jiji, oink, jiji!
—¡Me he roto! —gritó Rogelio—. ¡Se me rompió el cacareo! ¡Voy a intentar una vez más! Si no sale, ¡me retiro!
Rogelio cerró los ojos. Se concentró mucho, mucho. Pensó en maíz. Pensó en gallinas. Pensó en el Sol.
Tomó tanto aire que se puso morado. Y soltó el grito más fuerte de su vida:
—¡CUAAAAC, CUAAAAC!
En ese momento, salió el Tío Pepe en pijama, rascándose la cabeza. Miró al techo y dijo:
—¡Qué raro! Juraría que tenemos un gallo, ¡pero ahora veo un pato disfrazado de Rogelio!
Rogelio estaba tan nervioso que le dio Hipo.
Hizo: ¡Hic!
Y luego: ¡Hic!
Y de repente, el hipo le destapó la garganta.
Rogelio aprovechó y gritó:
—¡KIKI-RI-KIIIIIIII!
¡Por fin! El Sol salió, los animales aplaudieron y Rogelio hizo una reverencia.
Pero cuando se bajó del techo para agradecer, se tropezó con una piedra y, en lugar de decir "¡Ay!", dijo:
—¡Guau!
Y el perro Firulais se desmayó de la risa.
Fin.